Cicloviajes: Tutayquiri. Buenos paisajes y harto sol.


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Veo por la ventana y están las pistas mojadas, lo primero que pensé “será fea la salida de Lima”. 5.30am. No importa, a salir de la cama, bañarse y cambiarse que hoy empieza mi primer viaje en bici. Mi iniciación como cicloturista.

Un pequeño retraso hizo que saliéramos más tarde de lo planeado, pero ahí vamos. Rumbo a Nieve Nieve, donde teníamos planeado almorzar. Íbamos con buen tiempo, a un ritmo tranquilo para evitar agotamientos por el peso en las parrillas. Esperábamos un sol abrasador, y no se dejó esperar, ya lo teníamos encima cuando hacíamos el recorrido por Cieneguilla.

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La ruta a Nieve Nieve ya la conocía de otra salida, así que anduvo tranquilo, con esfuerzo pero tranquilo. Llegamos justo para el almuerzo y para un pequeño descanso. Ahora tocaba el tramo a Antioquía donde llegaríamos a dormir… una bonita pista, un sol fuerte encima, subidas y bajadas a un ritmo suave mientras pensaba en cuánto me voy alejando de lima con mi propio esfuerzo físico.

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Llegamos a Antioquía aún con el sol encima, y llegando a la plaza un rico aroma a picarones nos habría el apetito de nuevo, lástima que no alcanzamos a comer alguno. Pero en reemplazo saqué un keke de las alforjas y pedimos un refresco. Nos sentamos a reponernos mientras indagábamos donde acamparíamos ya que la noche comenzaba a caer.

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Teníamos ubicado en el mapa mental la zona de camping, nos dirigimos al lugar, armamos la carpa y alguna que otra anécdota con un par de huevos que nos hizo dar carcajadas por buen rato.  Una rica sopita reponedora y a dormir con el cielo totalmente estrellado.

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Tengo la mala costumbre de despertarme con la luz del día, así que a las 5 y tantos ya andaba despierta preparando el desayuno para mis dormilones amigos (uno más que el otro). Una rica mazamorra calientita para despertarnos.

Recogimos nuestras cosas y nos dirigimos a la plaza en búsqueda de bebidas para llevar en el camino, este sería el día con el tramo más fuerte de todo el viaje, así que cargué con 3 botellas de líquidos, al igual que David y Moisés.

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El Sol ya estaba tan prendido desde las 7 de la mañana, más fuerte que el día anterior. Y ahora todo es trocha y subida por un tramo árido y seco, aunque teníamos la vista del valle Lurín . Un leve error en la ruta nos llevó a disfrutar un pequeño descenso que luego tuvimos que subir para regresar a nuestra ruta original. Nos esperaba una trepada larga en zigzag por un montaña árida , un tramo que nos llevó más de una hora en recorrer, agotando el bloqueador, los sorbos de líquido, sin sombras donde caer. Recién serían las 10 de la mañana y el sol ya estaba sobre nuestras cabezas.

Llegamos a un complejo arqueológico arqueológico (no recuerdo el nombre) que desde abajo parecía ser la cima; pero como siempre en los deportes que se practican al aire libre, no hay que fiarse de lo que ven tus ojos; era menos de la cuarta parte de lo que faltaba por subir! Ya tenía hambre, y me dí cuenta de lo que faltaba así que empecé a reservar mis provisiones de líquido. Descansamos buen rato en aquel sitio, sacamos una merienda que aprovechamos bajo el sol.

Todo era subida, y eso no era lo difícil, lo difícil era el Sol y las pocas provisiones de agua que teníamos, era imposible no andar tomando sorbos de agua con tanto calor, sin viento que refresque ni sombra que resguarde. Pero seguíamos, a un ritmo constante todo el tramo.

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A lo lejos  veo un espejismo; a unos metros delante de mí David estaba regando agua de su botella, ohh!! Aguaaaa!! (no será para tomar pero al menos me refrescaré). Nos refrescamos en la acequia con el agua fresca que fue muy reponedora.

Llegamos a una bifurcación del camino donde tocaba un pequeño descenso con lo que pude relajar un poco las piernas y sentir el aire fresco que tanta falta hacía.

Íbamos descendiendo, adelante iba David y seguía yo. No estábamos muy separados, cuando me empecé a sentir nerviosa por la velocidad, el peso, el terreno y la pendiente. Decidí bajar la velocidad, pero fue muy tarde. No sé cómo salí volando por delante, la bicicleta a un lado yo al otro, esperando que desvanezca el dolor por el impacto quedé recostada, tratando de sentir que todo estuviera en su sitio, sin huesos rotos o algo de eso. Pero no había ningún dolor fuerte, luego llegó Moisés y me atendió. Una pequeña piedra en el camino se metió en mi brazo, y me hizo una pequeña herida que fue muy dolorosa de limpiar, pero vendada al fin había que continuar.

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Continuamos el camino, con más subida por delante. La caída me dejó más cansada, y aún faltaba subir más, les dije a los chicos que mejor subiría al primer carro que pasara, temía una descompensación o un calambre, y con la caída ya había tenido suficiente.

Así que subimos los tres a un bus que agarramos con suerte pues ya no subirían más buses. Y nos mantuvimos atentos al recorrido, viendo lo que nos faltaba.  Y dimos con que sólo habíamos hecho la cuarta parte, así que por suerte y pudimos llegar a Lahuaytambo alrededor de las 5 de la tarde (donde supuestamente almorzaríamos).

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Al llegar buscamos un Centro de Salud, ya que mi caída no era el único percance. Resulta que Moisés andaba con algunos dolores estomacales por lo que aprovechamos en atendernos. Tenía la idea de que sólo me harían una limpieza a la herida, pero al revisarla me dijeron que necesitaría cocerse, y yo como buena paciente acepté.

Una vez atendidos era tiempo de buscar alojamiento, nos tomó algo de tiempo encontrar alguno ya que los pobladores se encontraban en sus chacras y había que esperar a que regresaran.  Caía la noche y empezaba a bajar la temperatura, mientras esperábamos salían comentarios de continuar la ruta hacia San Damián el día siguiente, pero por suerte nada concluso. Ya establecidos en nuestra habitación preparamos algo de comida para reponernos, mucha sopa, atún con fideos, kekes y bebida caliente para descansar. Al fin acordamos no continuar la ruta, ya que desconocíamos la distancia y el tiempo exacto que nos  tomaría llegar a San Damián, y por ser el último día de viaje no podíamos arriesgarnos a no llegar a Lima, aunque por mi lado era más por una cuestión de dolor que de tiempo.

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Al día siguiente, despertamos temprano (hubo a quien tuvimos que despertar más de una vez), desayuno y a esperar al bus que nos regresaría a Antioquía. Viajamos en el techo del bus, acomodados para apreciar la belleza de la naturaleza en el camino.

Llegados a Antioquía teníamos full descenso hasta Lima, que aunque ya era fácil se me complicó con la herida en el brazo y el temor de caer de nuevo. Así que lento y aguantando a mis compañeros de viaje llegamos a Cieneguilla donde almorzamos un rico pollo a la parrilla, como para cerrar el viaje.

Fue una bonita primera experiencia que ha quedado pendiente concluir, ya conocemos la mitad de la ruta y sus sorpresas así que para concluirla no pasará mucho tiempo.

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